Letman Art Gallery

Edward Hopper House

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 Lo que me maravilla de la experiencia artística es cuándo por algún motivo al enfrentarte a una obra de arte nos provoca un diálogo con uno mismo, con el artista y su tiempo. La primera vez que vi un cuadro de Edward Hopper (1882 – 1967) me produjo una atracción instantánea, no pude dejar de contemplarlo. Recuerdo haberme quedado inmóvil, con la mirada fija en el lienzo intentando descifrar su misterio. Un cuadro que me perturbó y me dejó reflexionando por largo tiempo. La obra se titula Automat de 1927, en él Hopper pinta a una mujer sentada sola en una mesa de un bar vacío por la noche tomando una taza de café. Se encuentra ensimismada en sus pensamientos, cómo si nadie estuviera observándola, arropada por esa luz mágica y melancólica que tienen las pinturas de Hooper. ¿Qué dolores lleva consigo? ¿Qué miserias no puede compartir con sus amigos o familia? ¿Tendrá familia o amigos? Quizás esa mujer sentía el peso de la vida o la alienación de las grandes ciudades. ¿Acaso se encontraba abrumada por el sinsentido que a veces impone el ser? El cuadro en su conjunto transmite un sentimiento de soledad, de quietud, una atmósfera de desasosiego lo invade todo. No hay signos de actividad dentro del bar ni tampoco en la calle, es cómo si se hubiera detenido el tiempo. Ella está sola, aferrándose de pronto a una taza de café como un náufrago moderno.

Hopper es un artista fundamental en arte del siglo XX. Retrata la melancolía y la soledad de las personas con un estilo muy peculiar que le caracteriza. Es el creador de un realismo moderno. En sus obras nos habla de un universo trágico y a la vez hermoso. Toda su obra es cautivante y reflexiva.

Los encuentros con las obras de arte suceden muchas veces de manera fortuita, se presentan ante nosotros y como resultado ya no somos más los mismos. Algo de ese cuadro permanece y nos acompaña, es como un buen libro que nos nutre de una vez y para siempre. Como aquellos lugares lejanos o cercanos que recorrimos con la mente despierta y olfato de explorador y que mucho tiempo después de nuestro regreso vuelven una y otra vez a nuestra mente, como fogonazos e instantáneas que se cuelan en nuestro día a día e iluminan y ensanchan nuestro mundo. Tal vez, por eso me fascina tanto viajar, leer, contemplar obras de arte. Es la manera para mí de atravesar las barreras imaginarias de tiempo y espacio, conectar con otras culturas, otros pensamientos y otras realidades. Siempre estoy ansiosa de explorar lo múltiple y desconocido.

Ahora viviendo en Nueva York tengo la posibilidad de contemplar nuevas obras de Hopper e indagar más sobre su vida. Es así que una tarde de domingo del mes de febrero me dispuse a conocer la casa donde nació a orillas del río Hudson, en un pueblo pequeño llamado Nyack. Gracias al trabajo de un grupo de vecinos que la salvó de la demolición y la rehabilitó se convirtió en museo en el año 1971. Se encuentra inscripta en el Registro Nacional de Lugares Históricos. Fue construida por el abuelo materno de Hopper en 1858, es allí donde creció y vivió hasta que se mudó a la ciudad de Nueva York en 1910. A lo largo de toda su vida Hopper estuvo regresando a su hogar para visitar a su familia y pasar temporadas con ellos. Una galería está dedica al trabajo temprano del artista. Se puede visitar la habitación donde dormía y pintaba. Hay una pared con fotografías tomadas a lo largo de su vida y objetos de recuerdo. Asimismo, se organizan periódicamente exhibiciones que tienen relación con el pintor y se programan conciertos, conferencias y actividades culturales durante todo el año. Es un lugar muy cálido y acogedor que recomiendo a todos los que quieran conocer un poco más sobre este destacado pintor, su mundo y a todos los amantes del arte.

Más información en la página web: www.edwardhopperhouse.org

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  What amazes me the most about the artistic experience is the fact that for some reason, when we face an artwork, a dialogue emerges between oneself, the artist and his time. The first time I saw a painting by Edward Hopper (1882 – 1967) triggered in me an instant attraction. I could not stop gazing at it. I remember standing still, staring at the canvas trying to decipher its mystery. A painting that thrilled me and left me pondering for a long time. The work is entitled Automat (1927) in it, Hopper paints a woman sitting alone at a table in an empty bar at night while having a cup of coffee. She is absorbed in her thoughts as if no one were watching her, wrap in the magical and melancholy light of Hooper’s paintings. What sorrows does she carry? What miseries isn’t she able to share with her friends or family? Does she even have family or friends? Perhaps that woman feels the weight of life or the alienation of big cities. Or maybe she is overwhelmed by the meaningless of being. The picture as a whole conveys a feeling of solitude, of stillness, an atmosphere of restlessness invades everything. There are no signs of activity either inside the bar or on the street. It is as if time had stopped. She is alone, most likely clinging to a cup of coffee like a modern castaway.

 

Hopper is a fundamental artist in 20th-century art. It portrays melancholy, solitude and tragic calm in a very peculiar style that characterises his paints. He is the creator of a modern realism. In his works, he represents tragedy and beauty at the same time. Furthermore, all his work is captivating and reflective. In many occasions, those encounters with artworks happen fortuitously, meaning that they appear before us. As a result, we are no longer the same, something of that painting remains and accompanies us forever, it is like a good book that nourishes us once and for all, or like those places far or near where we travelled with the waking mind and the smell sense of an explorer. Surprisingly, a long time after our return those memories come back over and over to our mind like flashes and snapshots that are shed in our day-to-day life and illuminate and widen our world. Probably, that’s why I love travelling, reading, meeting new people, maybe is the reason I love art. It is the way for me to cross imaginary bounds of time and space, of connecting with other cultures, thoughts and realities. Thus, I am always eager to explore the multiple and unknown.

 

Now living in New York I have the possibility to contemplate new works of Hopper and by doing so to inquire more about his life. Consequently, one Sunday afternoon in February I went to know the house where he was born on the banks of the Hudson River, in a small town called Nyack. Thanks to the work of a group of neighbours who saved it from the demolition and rehabilitated, it finally became a museum in 1971. It is inscribed on the National Register of Historic Places. It was built by Hopper’s maternal grandfather in 1858, and It is where Edward Hopper grew up and lived until he moved to New York City in 1910. Throughout his whole life, he was returning to visit his family, aiming to spend some periods of time with them. A gallery is dedicated to the early work of the artist. You can visit the room where he slept and painted. There is a wall with photographs of his life and memories. Periodical exhibitions that are related to the painter are organised and concerts, conferences and cultural activities are programmed throughout the year. Beyond any doubt, this lovely museum is a very warm and cosy place that I highly recommend to all who want to know a little more about the painter, his world and of course, to all art lovers.

 

Rosa Révora

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